Por Ivonne Cedillo
Fotografías: Mario Marlo
Desde hace ya varios años, México se ha convertido en la principal ruta de paso para el flujo migratorio, que de manera ilegal desea trasladarse a los Estados Unidos en busca de un trabajo que les permita tener una mejor vida. Los migrantes que mayormente transitan por territorio mexicano provienen de países como Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, convirtiendo a la frontera sur como la más transitada desde hace más de cien años.
Tal flujo de indocumentados centroamericanos que se trasladan por México, ha variado en los últimos años; de acuerdo a datos publicados el año pasado por el Instituto Nacional de Migración (INM) , entre 1995 y 2005 hubo una tendencia creciente. Posteriormente, cambió a la baja a partir de 2006 y se estabilizó durante 2009-2010. Se estimó que entre el 2007 y 2010 se produjeron anualmente 1.9 millones de entradas de extranjeros por la frontera sur, correspondiendo el 17% a entradas irregulares.
A pesar de que el anterior reporte es vigente, los flujos migratorios no han disminuido. Es sorprendente ver a los cientos de hombres y mujeres que a diario llegan a México y buscan las formas para avanzar y sobrevivir en su travesía. Admirable es mirarlos y saber que desde lo más profundo de su ser sacan toda su fuerza para correr y poder subir al tren, o “La Bestia”, como ellos la han nombrado, que los ayudará avanzar en su camino. Subir al lomo de la bestia que si bien les puede ayudar a cumplir sus objetivos también puede destruírselos.

Hambre, sed, frío, lluvia, sol, asaltos, extorsiones, secuestros, asesinatos es a lo que cada indocumentado centroamericano se expone en su tránsito por territorio mexicano, convirtiéndolos en un sector altamente vulnerable, no solo ante la delincuencia común que los despoja de sus pertenecías, si no ante el crimen organizado y muchas veces ante las propias autoridades (migración y policía).
Como una forma de ayudarlos a mitigar el dolor, sus necesidades y sobre todo salvaguardar su vida; en el transcurso del camino y en escasos puntos del territorio mexicano existen las Casas del Migrante. En cada uno de estos albergues, y con un arduo trabajo humanitario, los valientes viajeros reciben un extraordinario apoyo, pues les obsequian no solo comida sino, ropa y calzado, para aquellos que perdieron sus pertenencias, y albergue en espacios que le permite asearse y dormir; así como primeros auxilios y cuidados médicos que les ayudan a sanar lesiones que sufrieron en el camino.
Otro de los objetivos de las Casas del Migrante, que poco se visualiza, es la labor de los que de manera voluntaria trabajan para que estos espacios también sean un lugar de información, sensibilizando a la sociedad ante el fenómeno migratorio; pues increíblemente la xenofobia e indiferencia de la misma sociedad es un problema más que agudiza los anteriores.
Una de estos albergues ha sido por casi tres años La Casa del Migrante San Juan Diego, ubicada, hasta hace una semana, en la Cerrada de la Cruz Nº 15, en la colonia Lechería, Tultitlán, Estado de México.

El refugio San Juan Diego, abrió sus puertas en el año 2009, siendo una de sus fundadoras Guadalupe Calzada, “La madre Lupita”. Mirar diariamente a los cientos de indocumentados caminar por las vías, hambrientos y muchas veces lastimados, impulsó a Lupita a buscar un espacio de ayuda para todos aquellos seres humanos que habían abandonado sus países para buscar una vida mejor. El proyecto de la casa, fue concretado por la parroquia de la Diócesis de San Juan Diego, lo que le dio nombre. Fue dirigida en sus inicios por el sacerdote, Hugo Raudel Montoya y actualmente la encabeza el párroco Christian Alexander Rojas, hombre joven y comprometido a continuar la labor que se ha desempeñado durante los tres años.
Pese a que este espacio ha sido un punto de ayuda humanitario para miles de personas, el lugar también ha sido sitio de desagrado para la mayoría de los vecinos; quienes por años han demandado el cierre del lugar ya que, según ellos, se ha convertido en un factor más que provoca la inseguridad y el delito. Hasta hace solo una semana las demandas de estos vecinos provocaron el cierre definitivo del albergue, dejando tristemente sin apoyo y protección a los miles de indocumentados que ya visualizaban, desde antes de bajar de la “Bestia de acero” a La casa San Juan Diego un espacio de calor y protección.
Miles de historias quedaron guardadas en esa casa que ahora se mira cerrada, fría y obscura; miles de experiencias vividas, platicadas, escuchadas. Vivencias de las que quizá solo fueron testigo esas paredes que por días u horas dieron alojo a cada uno de esos hombres, mujeres y niños.

Justamente el sábado 7 de julio, en el que sería para el albergue su último fin de semana, se albergaba Neri Ortiz, mujer hondureña de 38 años, alta, con mirada profunda y una gran sonrisa dibujada en su rostro. Neri llevaba viajando un mes con sus dos pequeñas hijas, Ninosca y Keren. Ella pagaba para que lograran viajar en autobús y así evitar a sus hijas el peligro de trasladarse en el lomo del tren. Su partida hacia los Estados Unidos, se emprendió por los problemas que ella enfrentaba con su pareja,
-“Mi viaje fue de emergencia, de un día para otro, mi pareja me amenazaba con quitarme a las niñas, él toma mucho y mis hijas no iban a tener un buen futuro ahí, no estábamos bien, no vivíamos bien con él. Nuestro destino es llegar hasta donde esta mi mamá, en Houston, ahí ella nos espera y yo trabajaré para sacar adelante a mis niñas. Tenemos ya cinco días aquí en Lechería, estamos bien, solo tenemos gripa pero ya nos atendieron, nos han tratado muy bien aquí”-, comentó Neri.
En el pasillo caminaban José y Erick, jóvenes hondureños que platicaban sus experiencias con los demás, que al igual que ellos habían pasado una noche fría antes de llegar a la casa de Lechería. -“Es la segunda vez que lo intento”-, dice José, con rostro cansado y sucio por el viaje de varios días. -“Yo estudie, periodismo, pero no terminé. Las cosas en mi país son complicadas, espero poder salir esta misma noche, ya llevamos varios días viajando”-.

A su lado estaba Erick, se notaba sumamente cansado y comentaba: -“Hemos visto cosas muy duras, el mal tiempo ha provocado que nos retrasemos mucho. Lo que más he sufrido es el frio, llegamos por la noche, pero somos tantos que no alcanzamos a entrar a la casa, nos quedamos en la banqueta y el frio ha sido muy duro, cuando intenté levantarme mis piernas me dolían”-.
A lo lejos, en una banca y con muletas en mano se encontraba Francisco, guatemalteco de 42 años, pensativo y con semblante triste, él comentó:
-“Mi viaje había estado muy bien; sin problemas abordé el tren en Arriaga, pero al bajarme y caminar durante dos o tres días por Orizaba, no recuerdo exactamente, no me fije y caí desde un puente, me fracturé el pie. Lo bueno que venía con dos amigos, ellos me rescataron y me ayudaron a subir al tren, hasta llegar aquí. Gracias a dios aquí me atendieron y me llevaron al hospital, pero me dijeron que mi tobillo está quebrado y pues me dieron la noticia de que debo permanecer seis semanas con el yeso.”-

Francisco es esposo de Juana y padre de cinco hijos, comenta que ya están acostumbrados a verlo partir. Desde muy joven ha emprendido diversos viajes a los Estados Unidos, encontrándose con su madre y hermano que están allá desde que su papá murió. Con voz entre cortada y con lágrimas en los ojos Francisco platica:
-“He hecho tres viajes; he estado en Florida, Arizona y en los Ángeles. Allá permanezco poco más de un año; pero regreso para ver a mis hijos. Las veces pasadas que he viajado, lo he logrado, pero esta vez no pude”.
Cuando Pancho está en Guatemala, trabaja en el campo sobrando maíz y frijol. Sin embargo no le es suficiente para sobrevivir.
-“En Guatemala soy agricultor, siembro papa y maíz pero a veces la papa se echa a perder y el dinero que invierto se pierde. La economía en mi país está muy mal, los precios son muy altos y para uno que tiene hijos es más complicado pues si quieren seguir estudiando no se puede; por eso viajo para allá”-.
Este gran hombre lleva viajando un mes, en Lechería lleva tres semanas, tiempo que ha sido para él eterno, pues además de sentirse inmóvil, le angustia ya no poder trabajar como antes lo hacía.
-“Me duele mucho mi pierna, no puedo caminar, no quiero quedarme inválido. Me da mucha pena porque tengo cinco hijos y no sé qué voy hacer .Pienso vender mi casa, no sé qué hacer, tengo deuda y eso es lo que me preocupa”.
Finalmente, Francisco sin dejar de llorar, agradeció la ayuda recibida en la Casa San Juan Diego, pues aseguró haber sido tratado bien durante su estancia.
-“Aquí, gracias dios me han tratado bien, he comido bien, comida no me ha faltado, me atienden y me dan mi medicina pero lo que me preocupa es que no puedo caminar. Voy a regresar a mi país, porque con mi pierna ya no podre seguir, me costará trabajo pero veré como hacerle”-
A pesar del cierre de la casa del migrante en Lechería, la ayuda no ha dejado de darse. Bajo un puente vehicular de la avenida Independencia, de la demarcación, de manera provisional, se continúa apoyando a los cientos de indocumentados que llegaron en los últimos días.
Las historias no dejarán de compartirse, ni de ser escuchadas, solo que esta vez, mientras se decide donde reabrir la Casa San Juan Diego, el viento y los arboles serán los testigos.



