El rito sagrado de los voladores de Cuetzalan

Foto: Leo Herrera/Somoselmedio.org
Fotoperiodismo

Cuando se observan los primeros destellos del amanecer, un grupo de habitantes de Cuetzalan del Progreso se empiezan a reunir en la plaza principal, el corazón de la comunidad, frente a la gran parroquia que la protege. Un amanecer azul acompaña sus pasos rumbo a un predio en Huahuaxtla, localidad perteneciente a Xochitlán de Vicente Suárez. Al llegar al paraje prenden incienso, hacen manojos de flores blancas con ceras y comparten a la comunidad unos tacos de frijoles, de salsa roja y tamales, sonrisas, alegría y orgullo acompañan este breve espacio comunitario.

A la cita han asistido las autoridades municipales, los tlatiachcas –autoridades tradicionales-, el párroco de Cuetzalan, los voladores y sus caporales, así como pobladores de las comunidades aledañas que acompañan a la realización de este ritual. El grupo de aproximadamente doscientas personas inicia su camino a través del monte, un bello paisaje les acompaña, enormes cerros teñidos de verde bordeados por la neblina de la mañana, un arroyo que endulza el oído paso a paso, el crujir de hojas y ramas del piso anima el corazón durante la caminata.

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El grupo llega a un árbol en una ladera, el párroco prepara su indumentaria y se espera la llegada de los voladores que vienen un poco atrás del contingente. Este tronco ha sido seleccionado previamente, han dedicado más de dos semanas a la búsqueda del ocote más alto, más fornido y recto. El párroco da unas palabras y bendice el árbol, el sonido de la pequeña flauta y el pequeño tambor armonizan lo humano con el medio ambiente. Los asistentes presentan sus respetos al monte y a la madre naturaleza, danza, agua bendita, ceras prendidas anteceden el inicio del corte uno a uno humea, pide perdón y lanza un hachazo en cada punto cardinal, unos minutos después el gran y fuerte árbol yace en el suelo.

La importancia de este ritual reside en pedir perdón por arrancar este hijo a la madre naturaleza, los arboles representan para la cultura totonaca el medio que conecta el supramundo, en las alturas, con nuestro plano terrenal y con el inframundo. Este ritual de origen prehispánico se realiza desde hace aproximadamente 2500 años y se ha preservado intacto a pesar de la colonia y de la modernidad.

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Un árbol de más de 35 metros de largo y 15 toneladas de peso se encuentra en el suelo, en la base que aún queda, las raíces, se deposita una ofrenda de flores y ceras. Los asistentes desrraman el tronco, le amarran unas cuerdas e inician su traslado por el monte de vuelta al punto de inicio. Con la ayuda de maquinaria es subido a un torton que lo llevara a Cuetzalan, esta tarea se lleva más de diez horas.

A la siguiente mañana se reúne nuevamente la gente en la plaza principal, se realiza una danza al interior de la parroquia, otra más alrededor del hoyo de tres metros donde será enterrado el tronco. Se entrega una ofrenda compuesta por los ingredientes de un mole, incluido un guajolote vivo, cuya vida se brinda como sacrificio a cambio de la seguridad de los voladores. Una vez enterrado el tronco debe medir 33 metros para que cada uno de los voladores descienda dando trece vueltas y completar entre todos 52 vueltas, los ciclos del año en el calendario totonaco.

A este tronco aún le falta colocar una escalera y la base en la parte superior donde se colocarán los voladores el día de su danza tradicional. Estos rituales son realizados en honor a su santo patrón, San Francisco de Asís, cuya fiesta principal es el 4 de octubre. Anteriormente se realizaba de acuerdo a los ciclos de la lluvia y la siembra, y es dedicado a la fertilidad.

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